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lunes, 22 de junio de 2009

Devaluar o no devaluar



Desde hace varios meses circula insistente el rumor de que, tras las elecciones legislativas, el Gobierno anunciará una nueva devaluación del peso.

En 2002, tras once años de convertibilidad, Argentina decidió desvalorizar su moneda para poder corregir los graves desequilibrios macroeconómicos que aquejaban a su economía: el tipo de cambio 1 a 1 favorecía la importación de productos extranjeros en desmedro de la producción y el empleo nacional, además de obligar al Gobierno a un delicado equilibrio en las medidas que tomaba para poder sacar al país de la recesión. En un esquema de tipo de cambio fijo, la cantidad de moneda en circulación ("oferta monetaria" en sus diferentes medidas) no puede ser determinado por el Banco Central a través de la política monetaria. Por ejemplo, cuando la economía amenaza con enfriarse, países como Estados Unidos o Brasil simplemente recortan la tasa de interés para aumentar la cantidad de dinero que se presta a través de los bancos, además de hacer más atractivos los créditos al consumo (los famosos "planes de cuotas"). Si al consumidor se le cobra menos recargo por usar la tarjeta de crédito o por comprar un lavarropas en cuotas,entonces estará más dispuesto a endeudarse para financiar sus gastos.

En cambio, en la Argentina de la Convertibilidad esto no era posible. Por ley, el Banco Central estaba obligado a entregar un peso por cada dólar que ingresaba al país y viceversa. Por lo tanto, la cantidad de pesos en circulación está fuertemente relacionada con la cantidad de moneda extranjera que entra a las arcas del Central. En un contexto de desconfianza y fuga de capitales como el de 2001, los "inversores" (categoría heterogénea que incluye desde a aquel que pone plata en la producción genuina de bienes y servicios, hasta los fondos buitres) se desprenden de los pesos que tienen y demandan dólares. El BCRA no tenía más remedio que entregarlos al precio que fijaba la ley, sin tener la posibilidad de dejar los pesos en circulación para estimular la demanda ya que eso contaría como "emisión sin respaldo", expresamente prohibida por la Ley de Convertibilidad: los dólares que respaldaban a esos pesos simplemente ya no están en el banco. De ahi vino el fenomenal robo de los ahorros privados conocido como "corralito" y "corralón", que aun hoy no encuentran justicia. En tal circuntancia, la única solución posible era devaluar.

Tras seis años de crecimiento económico récord de la economía, financiado especialmente por la cantidad de pesos que las autoridades monetarias pudieron poner en circulación al no tener la exigencia legal de respaldarlos con dólares ("tipo de cambio competitivo") estamos nuevamente frente a la disyuntiva de 2001: devaluar o no devaluar. En el período 2002 - 2009, la inflación, incluso según los cuestionados índices del INDEC, superó ampliamente el 100 % acumulado. Esto causó que el tipo de cambio nominal, hoy en 3,78 pesos por dólar, tenga menos poder de compra que lo que tenía, por ejemplo, en 2003 cuando registró ese mismo valor. Además, al encarecerse los productos nacionales gracias a la inflación, junto con el aumento del poder adquisitivo producido por las mejoras salariales y la recuperación de la economía nacional, aumentó la compra de bienes importados. A eso hay que sumarle un aumento sustancial en la presión tributaria, ubicada hoy en niveles récord y organizada de manera regresiva, afectando principalmente los ingresos de los pobres. A la estructura tributaria socialmente excluyente de los '90, se le sumaron impuestos a la producción como las retenciones a las exportaciones.

Por lo tanto, todos estos factores confluyen en renovados pedidos por más devaluación. Por un lado, a los industriales se les complica exportar si tienen una inflación interna elevada, un dólar casi fijo y un persistente aumento en las importaciones. Al campo también se le hace más difícil su labor: el nivel fijo de retenciones, combinado con precios de los granos en baja (o a niveles mucho menores que los récords de mediados de 2008) y costos internos en alza provoca mermas en la producción. Dado que el Estado no está dispuesto a resignar ingresos por retenciones, ni tampoco a embarcarse en ajustes al gasto público, la solución más simple que aparece a la vista es una nueva devaluación.

¿Qué efectos provocaría una nueva devaluación? Por un lado, los dólares que entran gracias al comercio exterior valdrían más en pesos. Eso significa un aumento inmediato en la recaudación por retenciones, Ganancias e Ingresos Brutos, además de mejorar la caja de los productores. Por otro lado, dada la larga historia inflacionaria argentina, los precios internos suelen acompañar la suba del dólar: más inflación. Como varias veces se reiteró en este espacio, los principales perjudicados por la inflación son los pobres: medidos en dólares, los sueldos se reducen al mismo tiempo que las ganancias de las empresas se multiplican por idéntica cantidad si facturan en moneda extranjera. Por lo tanto, se produce una impresionante transferencia de recursos de los sectores más pobres a los más ricos, empeorando la ya escandalosa distribución del ingreso. Mientras tanto, las empresas mineras, petroleras y pesqueras siguen girando divisas al exterior mediando sólo una declaración jurada sin control público. Las empresas ferroviarias y de transporte automotor siguen cobrando subsidios cada vez mayores para mantener funcionando servicios desastrosos, agravado por la inexistencia de un serio plan de reconstrucción del ferrocarril a nivel nacional.

Por ahora, los candidatos dicen que no habrá devaluación después de las elecciones. Permítaseme desconfiar de nuestro políticos.

sábado, 21 de marzo de 2009

Se adelantan las elecciones; ¿se atrasa la crisis?

Nubes en las cumbres
Foto tomada por Gonzalo Ciarleglio

La semana pasada la Vocera del Presidente nos hizo saber que se adelantarían las elecciones para no someter a la sociedad a los inoportunos vaivenes de la democracia en medio de la actual crisis económica. Eso sí, se encargó de ratificar su incuestionable voluntad democrática tras hacer precisamente lo que su esposo había criticado en una de sus habituales diatribas en el acto de cierre de la campaña de Catamarca.


Que la crisis está entre nosotros no es una novedad: la fuga de capitales comenzó a mediados de 2007, aunque los por entonces altísimos precios de las materias primas permitían compensarla gracias a las enormes liquidaciones de divisas de los productores sojeros. La confianza del consumidor empezó a mermar en febrero de 2007, justo un mes después de la cuestionada intervención al Indec. La economía argentina ya se estaba enfriando al ritmo de la inflación desbocada mucho antes del conflicto con el campo y de la quiebra de Lehman Brothers.


Esta descomposición de la economía llevó al matrimonio gobernante a emprender desesperadas medidas para salvar "el modelo": primero fue la 125, después vinieron los planes de bicicletas y heladeras y, ahora, la coparticipación de retenciones. Esta última medida empujó a los productores agropecuarios a las rutas, hartos de las retenciones cobradas sobre precios en baja, la sequía y las dilaciones oficiales en reuniones que llegan a poco y nada. Y algo que hoy no se menciona en la prensa: a fines de febrero, el Gobierno pensaba en estatizar el comercio exterior de granos. Nadie sabe en qué quedó esa idea.


Si examinamos las anteriores experiencias electorales, veremos que unos meses antes de los comicios la economía tiende a enfriarse por la incertidumbre del resultado. Esta vez, esa incertidumbre es mayor que otras: los Kirchner están en una posición política muy incómoda, perdiendo "aliados" a medida que la crisis les erosiona la caja. Como bien dice Elisa Carrió, Kirchner aún tiene capacidad de daño. Se sabe que en octubre el país estará sintiendo de lleno los efectos de la crisis global, y la merma de dirigentes K habrá puesto en riesgos aún más serios que los actuales al oficialismo. Se sabe también que el país requiere medidas urgentes y para nada apetecibles para el electorado para poder superar los efectos de la recesión. Suena cada vez con más fuerza la posibilidad de recurrir a un crédito del FMI para superar los vencimientos de la deuda externa de 2009-2010, cosa que a un Gobierno que hizo de la lucha contra el Fondo un puntal de su ideología se verá en serias dificultades de justificar ante una opinión pública cada vez más descreída.


Además, estas elecciones caen en un escenario de creciente tensión con el campo. La reciente medida de coparticipación de las retenciones es una estrategia desesperada para lubricar la maquinaria electoral del populismo gobernante comprando las voluntades de los dirigentes del interior. Lo peor es que estos dirigentes volcarán esos fondos hacia tácticas clientelistas harto conocidas en la Nación. En tiempos electorales, la manipulación de los pobres se vuelve cada vez más urgente para el partido de gobierno, que paradójicamente nació a mediados del siglo XX para defender los intereses de los más humildes. La creación del Fondo Solidario es, también, un intento de dejar sin argumentos a los productores rurales. Ahora, bajar las retenciones es imposible ya que las provincias están recibiendo esos fondos. Este, vale recordar, era uno de los reclamos del sector en 2008. Pero esta medida esconde dos cuestiones de fondo: el federalismo y la distribución del ingreso.


En lo que respecta al federalismo, es obvio que no puede construirse un país federal cuando la Nación concentra una enorme cantidad de dinero en sus garras para distribuirlas a los dirigentes provinciales y municipales a su antojo. La Constitución de 1994 ordena la sanción de una nueva Ley de Coparticipación (la actual es de 1988) para... 1996!!!! Es decir, llevamos trece años de demora en cumplir el mandato de la Carta Magna, exponiendo otro serio problema que hace imposible la construcción de un país: respetar los pactos que nos unen como sociedad. La Constitución es la expresión jurídica del contrato social que nos permite vivir a todos dentro de unas reglas comunes. Como bien expresó el titular de la UCR Gerardo Morales, adelantar las elecciones "es romper un vínculo".


En lo que hace a la distribución del ingreso, es claro también que los seis años de furioso intervencionismo K en la economía no lograron revertir las humillantes condiciones de vida de millones. Si bien es verdad que se ha creado empleo y se bajó la pobreza, los factores estructurales que la provocan siguen ahi. Léase: clientelismo, manejo discrecional de los fondos del Estado, sistema impositivo anacrónico, monopolios amparados al calor de las necesidades políticas del momento (caso de la fusión Cablevisión-Multicanal y la televisación del fútbol, hoy en la mira del poder con el proyecto de la nueva Ley de Radiodifusión). A pesar de las críticas de tribuna que el matrimonio hace al capitalismo, hoy la Argentina estaría mejor parada frente a la crisis si los productores hubiesen podido quedarse con lo que el Estado les quitó en concepto de retenciones amparados en que recibían una "renta extraordinaria". En una economía capitalista, el lucro es el motor, y no el villano, del progreso material de la sociedad. Las empresas impulsan el desarrollo tecnológico porque quieren ganar más con tecnologías más modernas y menos costosas, y el Estado recauda más en concepto de impuesto a las Ganancias para luego construir hospitales, escuelas y la necesaria infraestructura. Esa es la distribución del ingreso que se aplica en una sociedad moderna, y no estos draconianos impuestos a la producción como las retenciones.


¿Cuál será la sorpresa que nos prepara el mago Néstor, que no es Mandrake? Sólo Néstor lo sabe... ¿lo sabrá?

sábado, 28 de junio de 2008

Cuestión de cáscaras


Foto tomada por Gonzalo Ciarleglio, administrador del blog.

A mi abuelo le encantan los limones. En la casa de cada uno de sus hijos, y en la suya propia, plantó un limonero. Mi casa se le adelantó: los propietarios originales ya habían plantado uno, pegado al del vecino. Mi abuelo busca limones que tengan mucha pulpa, así rinden más en estos tiempos de inflación, dice. Él sabe lo que dice: 80 años de vida en Argentina no pasan en vano.

Le pone limón a todo, sobre todo a esas bebibas hechas con hierbas de los montes ("yuyos", diría la Presidenta). Cada vez que viene a mi casa, depreda a mi pobre árbol. La planta tendrá unos cincuenta años y da unos frutos redondos, de piel tersa y llenos de jugo. Se queja mi abuelo de que el limonero de la casa de mi tío es avaro: pura cáscara y nada de jugo. El que tiene en su jardín todavía es muy joven como para arrancarle algo.

Mientras toma su aperitivo con jugo de mis limones, ve los noticieros. Y después los canales de noticias. ¿Por qué será que todos los ancianos que conozco tienen esa afición por las noticias? ¿Será para aferrarse un poco más a un mundo que los deja inexorablemente atrás? ¡Quién sabe! Pero él ve los boletines y se queja de los muñecos inflables y de las carpas en la Plaza de los Dos Congresos. "Esa plaza tardó seis meses en construirse para festejar el Centenario", me cuenta, "y ahora estos vándalos rompen el pavimento con esas carpas mientras toman mate y juegan al truco todo el dia"

Un periodista marcó, hace unos días, la diferencia entre la Argentina del Centenario, representada por la carpa del campo, y la del Bicentenario, encarnada por las carpas oficialistas. "Son el mismo perro con distinto collar", dijo mi abuelo. Tiene razón: la plaza hermana a campo y gobierno, que se comporta hoy como los conservadores de ayer. Los conflictos del Centenario siguen sin resolverse en medio de cáscaras vacías, como los limones del árbol de mi tío. Ahí están el toro Alfredito y la pingüina Cristina (sin su grueso maquillaje esta vez), el toro mecánico, las carpas. Todas llenas de aire y plasmas. Pero el cascarón más grande es el Congreso: días de debate lleva el proyecto oficial sin que haya una idea clara de lo que pasa. Años de orfandad tras gobiernos democráticos y dictaduras hermanados por la autocracia y el aire caliente. Parece que con esta administración se convirtió definitivamente en una repetición del Hindenburg: los votos se escapan, el globo se desinfla.

Después de todo, mi abuelo tiene razón: los limones que son pura cáscara no sirven para nada.