martes, 14 de octubre de 2008
El crack de 1912
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Dolor privado bajo la luz pública
Mientras el tren discurría con normalidad por sus vías maltrechas, los pequeños gritaban y jugaban. En un momento de calma, la madre le preguntó a su esposo si estaba enterado del fallecimiento del bebé de Maru Botana, conocida chef y conductora televisiva en “Sabor a mi” en las mañanas de Canal 11. El señor dijo no saber nada acerca del lamentable suceso, por lo que le pidió más información. “Resulta que se fué con sus cinco hijos a una cabaña no sé dónde y dejó a la criatura con su abuela y al bebito le agarró muerte súbita” (sic), contestó la señora con cierto desdén. El mayor de sus hijos escuchó el apresurado relato y preguntó a su madre qué era la muerte súbita. “Es algo que les pasa a los bebés, que se pueden morir de repente mientras duermen”, dijo la mujer ante la aterrorizada mirada del niño. Levanté la vista y, en un rincón del vagón, un pasajero leía un diario que titulaba “Conmoción por la muerte de bebé de Maru Botana”.
No pude dejar de preguntarme acerca del sentido de publicar con tanto énfasis una información tan lamentable como la muerte de un bebé. Inevitablemente, las personas famosas ven restringido su ámbito privado dada las características particulares de su profesión. Sin embargo, esto no es excusa para que los medios publiquen alevosamente una noticia de ese tenor como si se tratara del más corriente chisme.
Mientras pensaba acerca de estos particulares, recordé lo ocurrido con la muerte del periodista Juan Castro, quién falleció el 5 de marzo de 2004 tras caer del balcón de su departamento en circunstancias aún no esclarecidas por la Justicia. Durante los casi tres días en los que Juan agonizó en la terapia intensiva del Hospital Juan A. Fernández de Palermo, la prensa descargó un furioso operativo “informativo” del suceso que conmovía a la opinión pública. Coberturas en vivo desde la puerta del hospital; rumores de una orden presidencial para desconectar el respirador artificial que lo mantenía con vida; “vida desordenada y promiscua”; “picadora de carne”; vecinas devenidas en forenses expertos que narraban, con asombrosa sangre fría, que se detuvieron a último momento de tomarle una fotografía al cuerpo estrellado del periodista; reporteros que quisieron abrir la puerta de la ambulancia que trasladaba su cadáver a la casa funeraria para hacer unas tomas; fotógrafos expulsados por la fuerza del hospital, que se habían infiltrado para registrar con sus cámaras a Juan entubado cual si fuera un posmoderno Balbín. Pero el epítome de esta sublime clase de periodismo fue la publicación de correspondencia privada de Juan, obtenida mediante métodos presumiblemente non sanctos.
En aquellos días, todos nos habíamos vuelto en expertos sobre adicciones de drogas y sobre el funcionamiento de la industria televisiva, a punto tal que estos y otros menesteres de la vida privada de Juan se convirtieron en motivo de debate informal y mediático. Maru Botana parece haber corrido mejor suerte. Con el fallecimiento de su hijo, se despertó cierto griterío periodístico, pero no con la histeria del “caso Castro”. Sin embargo, los efectos no dejan de ser perniciosos a la hora de evaluar el grado de desinformación e insensibilidad con la que se habla de un tema tan delicado como la muerte de un hijo (la muerte de Juan es, también, la muerte de un hijo)
¿Acaso el que tituló el diario que leía el pasajero pensó en los sentimientos de la Sra. Botana y de sus allegados? ¿Acaso los que hablan en televisión acerca de la prevención de la muerte súbita se pusieron a pensar en que el mensaje que dan llega a las audiencias en forma fragmentada y cuya correcta comprensión no puede asegurarse? Yo tengo mis serias dudas al respecto.
Lo que los afectados por una noticia pueden llegar a sentir por ver su tragedia reflejada en los medios no es de interés para las empresas periodísticas modernas. La noticia es una mina de oro que debe ser explotada hasta agotarse su potencial comercial o hasta que una veta más grande sea encontrada. En tal sentido, la voracidad informativa por el “caso Castro” se agotó con el estallido de las bombas en Atocha casi una semana después de la muerte de Juan.
Pero no sólo es una cuestión de sentimientos, sino de desinformación y prejuicios. La madre que viajaba en el San Martín no sabía adónde había ido la Sra. Botana ni por qué había dejado a su bebé al cuidado de su abuela. Esos son detalles menores, pero hacen a la vida privada de la conductora que no deberían ser objeto de debate. Además, no es información suficiente como para que varias voces en foros de diarios online y otros medios de comunicación juzguen a la Sra. Botana de “mala madre” por haber dejado a su pequeño en Buenos Aires para tomarse unos días en la montaña. Millones de madres dejan a sus hijos al cuidado de familiares o niñeras, los que sobreviven al fin de semana sin grandes contratiempos. Pero la industria “informativa” no puede dejar de lado su pulsión de proceder con modales de elefante sobre la desgracia ajena. Es lícito que, cuando un hecho de tal magnitud le ocurre a una figura pública, se trate en los medios. No obstante, esto no habilita a regodearse en el dolor ajeno y a convertirlo en baratija informativa. Es hora de que comprendamos, como sociedad y como individuos, que la vida privada de los demás es inviolable, más allá de su actividad pública. Los medios deben recordar, además, su rol de formadores de opinión y tener sumo cuidado con las informaciones que publican y con la intensidad con las que las difunden.
Cuando hube llegado a mi casa, prendí la televisión. En uno de los programas de chimentos de la tarde, hablaban sobre “la tragedia de Maru Botana”. Recordé una frase que decía mi abuelo: “el problema no es decir estupideces, sino decirlas con énfasis”.
sábado, 23 de agosto de 2008
Sentidos en contorsión

Six cercles en contorsion (1967), por Julio Le Parc
Obra perteneciente a la colección permanente del Malba
Foto tomada por jac.Qiec.K para Flickr.com (5 de marzo de 2008)
(escrito en colaboración con Fernando Camacho)
Fascinación. Una sola palabra describe lo que sintieron aquellos que se acercaron a la obras de Julio Le Parc. En la colección permanente del Malba –Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires-, existe una sección casi secreta que alberga piezas de arte cinético. El público suele ignorarlas hasta que alguien aprieta el botón que mueve los ocultos mecanismos que le dan vida a la obra. “Six cercles en contorsion”, del artista argentino Julio Le Parc, consta de seis círculos metálicos que, al moverse, se empujan y estiran unos a otros. Como un péndulo en manos de un mago, involucran al espectador en un mundo nuevo. La orientación de la luz, los colores del fondo del cuadro, la ubicación y la sensibilidad del que mira forman un universo de sensaciones únicas, que se articulan y deforman como los círculos de Le Parc.
Desde que era estudiante de Bellas Artes en 1957, Le Parc se interesó por la pintura abstracta y por los efectos de la luz y el movimiento en el espectador. En 1960, fundó el Grupo de Investigación de Arte Visual en Paris, que le proporcionó el ámbito para desarrollar sus técnicas. 1966 es el año de su primera exposición en Nueva York y del Primer Premio de
Mientras observábamos “Six cercles en contorsion” para esta nota, se acercaron dos tipos de espectadores que nos llamaron la atención tanto como la obra: un contingente de turistas japoneses y un padre con una niña. Gracias a ellos, descubrimos que Le Parc tenía razón: el arte es una “simple actividad humana” y que lo que importa, en realidad, es la experiencia y no los aspectos formales de la obra.
Apenas apretamos el botón que hacía mover los círculos, se acercó un enjambre de turistas japoneses. Por una extraña razón, estaban todos vestidos de negro. Sin sus características cámaras fotográficas, no les quedó más remedio que vivenciar lo que les generaba la obra. Con la eficiencia propia de las abejas, se abalanzaron sobre el cuadro. Al despojarse de la tecnología gracias a las normas de seguridad del museo, habrán descubierto que no podían percibir completamente lo que veían. Quizás estaban tan involucrados en la equilibrada deformidad de los círculos que necesitaron tocar la obra. Se acercaron en ordenados tropezones y posaron sus dedos sobre el metal. Una agente se seguridad, celosa del tesoro a su cuidado, les gritó. Los japoneses se perdieron entre un cuadro de Frida Kahlo y uno de Fernando Botero.
Minutos más tarde, encendimos nuevamente los círculos. Se acercaba algo que rechinaba: un cochecito de bebé era empujado por un hombre joven, que llevaba a una niña de la mano. El padre vestía a la moda de Palermo Viejo: jeans de diseñador, levita verde militar con charreteras, zapatos caros. La niña, toda de rosa viejo. La fascinación invadió los sentidos de la pequeña. En silencio, ambos se arrodillaron frente a la obra, como quien va a misa. El padre abrazó a su hija y comenzó a explicarle lo que, para él, era el significado del cuadro. Unos segundos más tarde, se calló: su rostro estaba rojo de emoción y ya no podía hablar más. Un ruido fuerte, que vino de algún lugar de la sala, los trajo de vuelta a la realidad. Nos miraron y partieron.
La obra de Julio Le Parc busca que el espectador se involucre en ella. No existe una única interpretación de una obra, por lo que no se puede escribir una nota sobre arte si no se tiene en cuenta lo que le pasa al que lo disfruta. Porque el arte, como piensa Le Parc, es una experiencia, “una simple actividad humana”.
[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Le _Parc
sábado, 16 de agosto de 2008
¿A dónde vamos?

Después del voto "no positivo" en el Senado, el Gobierno no logra salir de su autismo e ignoracia que, para colmo de males, van in crescendo. En el Congreso se debaten dos proyectos: reestatización de Aerolíneas y movilidad previsional. Como bien explica el diputado Claudio Lozano en su artículo publicado hoy en el diario Crítica de la Argentina, estamos ante un Estado de dos caras: el "Estado bobo" y el "Estado turro". El primero se encarga de que asuma la sociedad el control de una compañia al borde de la quiebra, con niveles altísimos de conflictividad gremial y una deuda que ronda los 900 millones de dólares gracias a la pésima administración del grupo Marsans. El "Estado turro", por otra parte, se encarga de ponerle límites a la movilidad previsional amparándose en la "responsabilidad fiscal". Otra mentira de esta administración: el gasto público no cesa de crecer para frenar, mediante subsidios, una inflación creciente y desconocida en su real magnitud. Tal es la creciente gravedad del problema fiscal que el único que le presta dinero al pais es Chávez a tasas altísimas. Obviamente, las alarmas se encendieron entre los bonistas que tienen títulos argentinos quienes, ante los persistentes rumores de un nuevo defaut, salieron a vender sus bonos. Argentina tiene todavía superávit fiscal, pero de seguir en este camino de aumento desbocado del gasto, se acabará.
Otra cuestión que acaparó la preocupación mediática esta semana fue el triple crimen de los empresarios. No es la primera vez que ocurren en el país casos así. De hecho, hace por lo menos diez años que distintos sectores políticos, entre ellos Elisa Carrió, denuncian sistemáticamente la instalación en la Argentina de mafias con raices en el narcotráfico y en connivencia con el poder político. Lo más grave de todo esto es que estas redes delictivas hacen nido en la pobreza. Utilizan como base de operaciones a las villas, en donde venden drogas mortíferas como el paco, residuo de la preparación de las drogas de máxima pureza que venden a los sectores acomodados de la sociedad. Además, arman aceitadas maquinarias de control social en los territorios en donde se asientan, cercenando las libertades civiles y los más elementales derechos humanos a través del terror y el crimen en complicidad con políticos corruptos. En su cobardía, utilizan a las personas en situación de pobreza como escudos humanos para protegerse tanto de la Policía como de bandas rivales. Y cuando ocurren atrocidades como el crimen de estos tres señores esta semana, la sociedad toda es presa del terror, no sólo por la presencia de elementos criminales, sino por la total incapacidad e impericia del Estado para combatirlas.
Así estamos en Argentina en estos dias: entre mafiosos de película por un lado y mafiosos en el poder del otro. Distinción esta por demás estéril, dado que forman una línea cuyos extremos, en alguna parte, se tocan y cierran el círculo alrededor del cuello de la democracia y la sociedad civil.
sábado, 9 de agosto de 2008
Guerra en el Cáucaso

Madonna del Sufrimiento
Tributo a las madres de Bélgica
Publicada en la revista National Geographic, volumen 31, 1917, página 551
Imagen de dominio público
En aquellos años en los que el comunismo ruso llegaba a su fin, se hablaba de "fin de la Historia". Tal como escribiera en el post de la semana pasada, la Gran Guerra resucitó antigüos rencores étnicos, religiosos y nacionalistas que la política de "un territorio, una nación" del presidente norteamiercano Woodrow Wilson no pudo aplacar. Dichos resquemores permanecieron reprimidos durante casi un siglo hasta que muchos de los países nacidos en los años de la primera posguerra colapsaron bajo el peso del sistema comunista en pleno derrumbe. Años de represión y mando militar no lograron tampoco silenciar los rumores de la que Umberto Eco definió como una de las características del siglo XXI: el resurgimiento de los nacionalismos.
Lo que vemos en el Cáucaso es un eslabón más de esta cadena que no parece tener fin. Aqui podemos incluir a la guerra entre Azerbaiyán y Armenia, las dos guerras de Chechenia (rescatando las poco escuchadas denuncias de las atrocidades del ejército ruso en ambos conflictos. El éxito en la segunda ofensiva catapultó a Vladimir Putin al estrellato político.), los malestares separatistas en la república rusa de Daguestán, y los recientes enfrentamientos en Osetia del Sur.
Como miembros de la comunidad internacional, sólo nos queda denunciar las terribles consecuencias de la guerra y luchar para que nunca ocurran. Empero, nunca antes Occidente se encontró en una posición de debilidad moral como la que experimenta actualmente, sobre todo tras los latrocinios en Iraq y Afganistán. De una vez por todas debemos aprender la lección de 1914: la guerra total llevó a la destrucción de un mundo. Deben concluir las guerras: sólo sirven para que millones mueran, otros tantos queden desgarrados de dolor, generaciones enteras mutiladas para que unos pocos capitalistas se llenen los bolsillos con la venta de armas. Hasta que no concluya definitivamente esta, la forma más extrema de la explotación del Hombre por el Hombre, no seremos libres.
sábado, 2 de agosto de 2008
Hace 94 años
Una visión que puede tenerse del mundo que se terminó en 1914 es la de aquel que se acerca a un estado de progreso material y científico cada vez mayor. Los avances tecnólogicos eran vistos como el vehículo para la superación del ser humano y para la construcción de un mundo ordenado y pacífico. La Gran Guerra mostró que la ciencia puede utilizarse también para la autodestrucción del Hombre, minado así la fe en el Progreso que había caracterizado a las generaciones victorianas.
A partir de entonces el mundo pareció perder el rumbo: el siglo XX "corto", como lo llamó el historiador Eric Hobsbawm al delimitarlo entre 1914 y 1991, vio la luz en medio de los estruendos de la guerra. Dicen los psicoanalistas que el trauma del nacimiento marca cómo la persona pendulará durante su vida entre el Eros y el Tánatos. La sistemática utilización del ingenio humano para la destrucción de sus semejantes en escalas nunca antes vistas mostró que lo tanático predominó; los sucesivos Holocaustos son prueba de ello. El siglo XXI no parece ajeno a este devenir de la Humanidad, en donde todavía se sienten los viejos rencores y odios despertados por la Primera Guerra Mundial.
Otra visión que puede tenerse de la irrupción del conflicto es que puede interpretarse como la segunda parte de una dialéctica histórica. A un mundo ordenado y en progreso, se le contrapone un mundo caótico que preanuncia el fin del capitalismo; son los dolores de parto del sistema socialista tras una guerra de burgueses. De hecho, el gran temor de los años de la primera postguerra fue la expansión del comunismo entre las masas hambientas y desocupadas tras la Revolución Rusa de octubre de 1917. A partir de aqui se siembran las semillas del mundo bipolar de la Guerra Fria.
La Gran Guerra no tenía objetivos claros; no se peleaba por territorios, sino que se buscaba la aniquilación total del enemigo. Tarea, por supuesto, imposible: la guerra de trincheras es sinónimo de este empate hegemónico entre los bandos en pugna. Lo único que tenía cabida era el horror, el genocidio, la tierra de nadie. El mundo aún no se liberó de tales pestes.
sábado, 26 de julio de 2008
Déjà vu

Fotografia tomada por Gonzalo Ciarleglio, administrador del blog
Agosto de 2007
A riesgo de parecer golpista, anoche soñé que la Presidente renunciaba. Tras unos dias de tristeza generalizada, el Congreso determinaba que se realizaran nuevos comicios inmediatamente. El ganador, con el 46% de los votos, era Alberto Fernández.
Tras su victoria, el ex Jefe de Gabinete (recuérdese que dicho cargo se concibió en la reforma constitucional de 1994 como una suerte de 'primer ministro') se paseaba ante las cámaras de un canal de noticias demasiado mimado por la enemistad del poder caido. Ya no mostraba las ojeras que causa la sumisión, sino que comentaba los planes de su inminente gobierno enfundado en un traje color arena cual Tom Wolfe criollo.
Mientras tanto, en un despacho engrandecido por la pequeñez repentina de su ocupante, la Presidente se aferraba a sus últimas horas de poder. En un plasma, miraba a su oblicuo alfil quitarle la corona ante el desparpajo televisivo. Una lágrima surcó su maquillaje cuando miró la banda presidencial que colgaba de su sillón. Sabía que algún dia debería entregarla, pero nunca estimó que llegaría tan pronto.
Es de público conocimiento que esta semana renunció Alberto Fernández, en medio de críticas al matrimonio presidencial veladas por su sentida amistad hacia ellos. Mi sueño es una exageración en estos tiempos: Fernández, según se difundió durante estos dias, fue el que impidió la renuncia de Cristina tras el "no" de Cobos. Además, es demasiado pronto, incluso descabellado, para aventurar que el funcionario saliente alberga ambiciones presidenciales.
Pero los sueños y la realidad siguen sus propias reglas, a veces demasiado parecidas. Al despertar, recordé el verso de Borges: "Y cada uno fue Caín, y cada uno Abel", pronunciado ante las tumbas de dos soldados hermanados por la misma muerte en Malvinas. Ya hemos visto los argentinos a funcionarios salientes que buscan luego el jaque al rey desde otras oblicuidades; espero que hayamos aprendido la historia.
sábado, 19 de julio de 2008
Cobos dijo no y el pais le dice sí

Construyendo un nuevo Congreso
Fotografía del Palacio Legislativo en 1906, año de su inauguración
Imagen de dominio público
Por lo menos en los casi veinticinco años de democracia que vive el pais desde 1983, la figura el vicepresidente se caracterizó por su pendular relación con la luz pública. Desde figuras quizás hoy olvidadas como Víctor Martínez, vicepresidente de Raúl Alfonsín, hasta Cobos, estrella polìtica de la semana, han pasado por uno de los cargos más opacados por el hiperpresidencialismo argentino. Tras su desempate histórico, la figura del vicepresidente es amenazada, una vez más, con ser vaciada del contenido político que se ha ganado en buena ley. Después de todo, es difícil disentir con un poder tan avasallante como el kirchnerista, pero más aún hacerlo desde la cumbre.
Al respecto, he escuchado esta semana decir que el vicepresidente es la "pata" del Poder Ejecutivo en el Congreso. Puede ser que los que opinen así tengan razón. Sin embargo, eso no lo convierte en un autómata que obedece ciegamente las órdenes que llegan desde la otra punta de la Avenida de Mayo. Más aún: los votos de octubre son también de Cobos, por más que en aquel momento pareciera un furgón de cola del "Expreso K". Y eso le da derecho a votar en el Senado con total libertad de conciencia dado que, si seguimos la linea de razonamiento del oficialismo, el voto popular le otorga tanta legitimidad a sus pareceres como a los de la Presidente.
Además, la posición de Cobos no puede ser tomada como una traición dado que la fórmula presidencial del oficialismo es una expresión bipartidista; el propio kirchnerismo la armó asi en el marco de la Concertación Plural. Supieron siempre que, al no contar con un binomio netamente peronista, existiría el riesgo de una disidencia vicepresidencial en determinado momento. Es más: la Concertación fue presentada al electorado como una unión de partidos alrededor de unos principios comunes pero respetando las disidencias. Cobos, por lo tanto, tiene razón cuando dice que él no se apartó de esos principios que lo llevaron a integrar la fórmula ni que le dio la espalda a sus electores. ¿Entonces por qué le endilgan el título de "traidor"? Simplemente porque se negó a ponerse de rodillas. Por lo menos, el pais que votó a Cristina y está desilusionado con ella (léase los habitantes de las zonas rurales que hoy están con el campo "golpista"), fue honrado por Cobos.
Lo ocurrido en el Senado convirtió al "Segundo Mandatario" en una especie de héroe. Incluso, algunos especulan con una futura candidatura a Presidente en 2011. Es prematuro aventurar tales conjeturas en un contexto político tan enrarecido como el que vive la Nación en estos dias. El funcionamiento del Parlamento en este último mes, más allá de las clásicas negociaciones entre los legisladores para conseguir los votos, demostró una ruptura en la imagen que la sociedad se forjó de dicha institución en los últimos tiempos. Esta semana, las instituciones funcionaron como lo marca la Constitución: el Congreso sesionó a sala llena, el Vicepresidente honró la palabra empeñada ante sus electores y el Ejecutivo derogó la Resolución 125. Al observarse fielmente en estos dias la letra de la Carta Magna, como juraron los representantes con la mano sobre la Biblia, el país alcanzó un atisbo de paz. Esperemos que dicha observancia sea, de aquí en más, lo que guíe las acciones de los que tienen a su cargo la representación y los destinos el pueblo.
martes, 15 de julio de 2008
Me parece que me dieron mal el vuelto...

Casa en construcción en Valeria del Mar, partido de Pinamar.
Fotografía tomada por Gonzalo Ciarleglio en febrero de 2008.
Dice mi estimado Denis: "somos honestos y queremos un país que mire para adelante y que no recuerde nuestro pasado turbio". Lamentablemente, mi amigo tiene razón; este es un gobierno que se empeña en ocultar. A la mentira de la inflación, de los índices de pobreza e indigencia, de crecimiento del PBI (todos relacionados al nivel de costo de vida) se le suma la mentira de la transparencia. El ex? presidente NK solía decir que no le temblaría el pulso para echar a los funcionarios sospechados de corrupción de su gobierno. Parece que le tembló bastante ya que hay varios ministros a los que la oposición y la Justicia le apuntan desde hace tiempo por presuntas irregularidades en el ejercicio de sus funciones.
Pero el Gobierno no es el único responsable de la corrupción. Más allá de las innegables falencias institucionales que no han hecho más que empeorar en los últimos años, existe una tolerancia social hacia este tipo de hechos mientras la economía funcione. Esto es ya casi una verdad de Perogrullo. Sin embargo, vale la pena rescatarla porque los argentinos, una vez más, no hemos aprendido las lecciones que la Historia se empeña en enseñarnos, rebenque en mano, las más de las veces. A pesar de los desaguisados éticos que se le imputan a la administración marital, la imagen pública de ambos se mantuvo relativamente estable en pleno escándalo mediático por estos hechos. Sólo la crisis del campo logró hacer mella en el poder kirchnerista, otrora inapelable.
Y aquí llegamos a la raíz del escaso o nulo combate a la corrupción, íntimamente ligada al origen del conflicto agropecuario: el exceso de poder. Los K, así también como el peronismo del que provienen en tanto forma de ejercer el poder, están acostumbrados a proceder con modales de elefante sobre el delicado mecanismo de contrapesos republicanos que dicta la Constitución. Pero esta singular conducta persiste desde hace tanto tiempo porque está legitimado ante la opinión pública mediante un tan eficaz como mentiroso discuro de redistribución de la riqueza y de justicia social que nunca llegan. A cambio de unos años de crecimiento y de una parcial disminución de la pobreza, se toleraron socialmente casos de corrupción y el continuo irrespeto a las formas legales, conducta que en los tiempos de la crisis de 2001 creía haberse superado.
Este exceso de poder producto de la legitimidad social que otorga una economía en crecimiento y un discurso mediáticamente aceitado (paradoja de un gobierno que reniega del periodismo como interlocutor válido, salvo en tiempos en donde necesita darle una imagen de mayor institucionalidad a sus políticas) llevó a los poderosos a la idea de que tienen carta blanca para hacer lo que quieran. Y así fueron superando obstáculos; a partir de una renovación de la Corte Suprema, de una independencia y nivel profesional innegables, se siguió un camino incomprensible de reforma del Consejo de la Magistratura, delegación de facultades legislativas de forma permanente al Ejecutivo, prórroga de la Ley de Emergencia Económica que el Congreso le dio a Eduardo Duhalde en el caótico 2002 y todavía vigente en una economía cuyo nivel de producto superó el pico histórico de 1998. Pero todo vale en la Argentina mientras podamos seguir comprando televisores de plasma...
Esta situación no cambió con la crisis agropecuaria, aunque algo se ha resquebrajado. La resolución 125 es vista por muchos como una expresión de este ejercicio del poder cuasi autoritario y ya no temen expresarlo; hay gobernadores e intendentes que se animan a criticar al oficialismo en público y sobre los que va a "tronar el escarmiento" una vez que se aclaren las cosas, tal como postula el Decálogo de Denis. ¿Qué planea el Gobierno para reconquistar el favor de la clase media? Si pensaste que se trataba de un cambio de rumbo hacia el respeto a las instituciones y hacia los que no los votaron (que también, por mal que les pese, son parte del pueblo), te equivocás. Publicó el diario La Nación en su edición dominical que se estudia un plan de aumentos de jubilaciones, asignaciones familiares, reducción del mínimo no imponible de Ganancias y otros "yuyos" por nueve mil millones de pesos para reactivar la economía. El campo es golpista en tanto el freno que provocó su reclamo a la actividad económica minó la forma de acumulación de poder del kirchnerismo.
El precio es aquello por lo que se intercambia una cosa. La dignidad es la imposibilidad de que esa cosa pueda intercambiarse. El poder se basa en el dinero, pero la autoridad se basa en la dignidad.
sábado, 12 de julio de 2008
Las dos marchas

Manifestación en el Obelisco, octubre de 2007.
Fotografía tomada por Gonzalo Ciarleglio, administrador del blog.
Este martes, campo y gobierno realizarán sendas marchas para convencer al Senado de la Nación y a la opinión pública de lo acertado de su posición y de lo miserable que es el otro. Asistiremos nuevamente al espectáculo de las masas arreadas con el "choripan y la coca" o con cacerolas, hacia líderes que pretenden construir un nuevo país con viejas herramientas intelectuales. Otra vez miles de personas vitoreando consignas que quizás no comprendan, reproducidas incesantemente por los que ya las profesaban.
Según me enseñaron en la universidad, la historia no puede dividirse en períodos de gobierno; mucho menos comprender la evolución de un pueblo o de un estado a partir de parcelas tan terminantes. La historia, decía mi profesor, se compone de continuidades y de rupturas. Vaya paradoja que una de las continuidades de nuestros 192 años como país es la división permanente de los argentinos. Hace unos días, la Legislatura porteña votó cambiarle el nombre a la estación Villa Urquiza, futura terminal de la línea B de subterráneos, por "Juan Manuel de Rosas" argumentando que el Restaurador no poseía calle, plaza ni monumento alguno en su memoria. Han pasado ya más de 150 años de la batalla de Caseros y todavía se discute si fue un tirano o un defensor de la patria. Las generaciones que crecieron entre 1880 y 1930 fueron educadas en la versión sarmientina de que Rosas era un tirano: de hecho, una estatua de Sarmiento, del escultor francés Rodin, está emplazada en donde se erguía la mansión de Rosas (hoy Av. del Libertador y Sarmiento, en frente del Monumento de los Españoles) como todo un símbolo del revanchismo local. Luego vino el revisionismo, que postuló a Rosas como uno de los exponentes de la verdadera tradición nacional, que tendría raices en la Argentina colonial y en el catolicismo, opuesta al liberalismo europeizante de la Generación del '80. En julio de 2008, esas heridas siguen vigentes.
El escenario actual de conflicto entre campo y Gobierno despertó, por lo menos en el plano de la semántica, divisiones que se evidenciaron violentamente por primera vez durante el primer peronismo (1946-1955), pero cuyos origenes pueden remontarse al conflicto de unitarios contra federales del que Rosas fue uno de sus emblemas, y su caída su resolución formal al dar paso a la organización nacional. Tras casi veinticinco años de democracia ininterrumpida, y a más de cincuenta años de la caída de Perón, se vuelven a escuchar palabras como: "golpista", "desestabilizador", "gorila", "pueblo si, oligarquía no", "gobierno nacional y popular", "legitimidad del gobierno elegido en las urnas", y otras más. En este conflicto, no está en juego la destitución del gobierno, como si lo estuvo en otras épocas históricas, sino la legitimidad y legalidad de sus acciones. ¿Acaso el haber sido elegido por el 45% de los votos le da al Gobierno luz verde para proceder con modales de elefante sobre la endeble estructura republicana argentina? ¿Acaso el haber sido elegido en las urnas impregna de legitimidad cada una de sus acciones? No debe olvidarse el que detenta el mando del país hoy que su poder está limitado, en principio, por el 55 % de los ciudadanos que no lo votaron y que debe ser escuchado. Este límite le marca al gobernante que está obligado a buscar el consenso; a un gobierno se lo elige para gobernar, pero en democracia esto debe entenderse como la búsqueda de acuerdos que posibiliten el desenvolvimiento a largo plazo de la Nación. Gobernar sin acuerdos, pisoteando a la oposición y a las instituciones republicanas que fueron sistemáticamente vaciadas de su contenido constitucional, como hizo este Gobierno en sus cinco años de gestión, nos acercan más a los regímenes autoritarios que a la democracia que se dice defender de la desestabilización del agro.
Si Sabina viviera en la Argentina, su rechazo a las movilizaciones se vería notablemente exacerbado ya que es evidente, ante la más nimia pregunta que realice un reportero a algún manifestante, la falta de conocimiento detrás de las consignas que se vociferan de ambos lados. Las manifestaciones populares son geniales cuando se producen a partir de un consenso de ideas previamente razonadas y debatidas entre los que pretenden compartirlas. Por eso es bueno que se respete desde ambos lados a la Constitución, supuestamente el acuerdo fundamental que nos permite vivir como Nación y uno de los tipos de expresión del pueblo. Por eso es malo que se armen actos para contrarrestar el efecto mediático que pudiere tener el acto del contrario, amparándose en la defensa de una pluralidad en un solo sentido y exponiendo al país ante un posible estallido de violencia.
Para que Sabina no se asuste de la manifestaciones populares, es necesario pensar por uno mismo, sin dejarse arrastrar por consignas trilladas y perimidas que entorpecen a la creatividad en la búsqueda de soluciones nuevas para las viejas divisiones argentinas.
____________________________
[1] Kundera, Milan, "La insoportable levedad del ser", Fábula Tusquets Editores, primera edición, primera reimpresión, Buenos Aires, abril de 2004, página 106 y siguiente.
miércoles, 9 de julio de 2008
Especial Día de la Independecia: Colifatos
Cuando mis abuelos eran jóvenes, la palabra “colifato” significaba “loco”. Aquellos eran tiempos en donde hacer terapia era “cosa de colifas”. Admitir que uno se recostaba en un diván y contaba sus problemas a un especialista, al que seguramente llamarían “charlatán”, equivalía al oprovio social. Semejante al que sufrían los hombres que, durante las dos guerras mundiales, se quedaban en las ciudades europeas y alguna dama les entregaba una pluma blanca en plena vía pública. Quizás, hoy las cosas no sean tan claras como antaño. Si bien la palabra “colifato” aún significa “loco” para muchos, para otros tantos se transformó en un concepto que expresa las paradojas de esta época.
Cerca de las vías del Ferrocarril Roca está el Hospital Borda. Allí, un grupo de pacientes se reúne todos los sábados para apoderarse del éter, aquel que Galileo apiló en un cráter de
Mientras tanto, los trenes van y vienen. Miles de pasajeros viajan apretados en abrigos grises como sus empleos, sobre vías cubiertas de grasa negra. Reina el silencio en el vagón, reforzado por los ruidos del vaivén de la formación. Un matutino muy importante, como el que lee alguno de los que lograron viajar sentados, dijo que el sesenta por ciento de los internos del Borda está en condiciones de irse. Pero eligen quedarse porque tienen miedo del afuera. ¿Serían admitidos en el Borda, o en
En el patio, los colifatos hacen su programa todos los sábados. Cuentan anécdotas, chistes, solemnidades, dolores. Es duro entrar por primera vez al Borda después de tantos años de afuera, pero son excelentes anfitriones. Corre un mate improvisado en un vaso de plástico, acompañado por unos bizcochos que hicieron en la panaderia del hospital. Con el correr de las horas, se pierde la noción de tiempo y espacio. Esta reunión podría haber ocurrido en algún parque de Palermo, o en Londres.
El mate circula entre los colifatos, como todos los sábados, esperando que el afuera los reciba. En Colombia, un coronel esperaba todos los viernes la carta del Estado que le informaría sobre su jubilación. Jamás faltaba a su cita en el muelle sobre el rio para que el empleado de correos le dijera que no había nada para él. Y de vuelta a su existencia. En ese volver, ponía en la ineficacia su esperanza. Quizás no logre lo que quiere, pero logrará que otros vean que no está vencido. Esto sólo lo puede comprender un colifato.
lunes, 7 de julio de 2008
Premio al Brillante Weblog

2. Tennis Block: También de Fernando Camacho, porque contribuye a remediar mi ignorancia de principiante sobre tenis.
3. Las Cosas: Por Esteban Sargiotto. Un interesante collage de reflexiones y citas literarias que me alejan de la atonía de la actualidad.


sábado, 5 de julio de 2008
Cuestión de cáscaras II

Fotografía tomada por Pedro Ignacio Guridi. Obtenida de Wikimedia Commons bajo licencia de uso Creative Commons Attribution ShareAlike 2.0
Sin embargo, la sesión que acabamos de presenciar en vivo y en directo por las señales noticiosas no hizo más que mostrar que el Parlamento sigue siendo un cascarón vaciado, no vacío, de contenido. Es sabido que, en las encuestas de imagen de las instituciones sociales, el Congreso ocupa uno de los últimos lugares en la confianza de la sociedad. ¿Cómo ocurrió esto?
Puede enumerarse una vastedad de causas para explicar esto: descenso del nivel general de los debates, inactividad en el recinto (el Congreso no llegó a sesionar más de diez veces durante todo 2005, año electoral, cuando debería hacerlo una vez por semana como mínimo), bastardeo de parte de otros poderes del Estado, como un Ejecutivo que deglute con avidez las atribuciones que la Constitución le otorgara. Pero hay una causa que es menos reconocible: el poco o nulo interés noticioso que reporta la información parlamentaria.
Los medios suelen tener periodistas acreditados ante el Parlamento, pero rara vez trasciende la información que recopilan nuestros colegas a las primeras planas de los diarios o al éter. Antigüamente, los diarios incluían una sección que se llamaba "crónica parlamentaria", en donde se brindaba al lector un detalle pormenorizado que le permitiía hacer un seguimiento más o menos preciso de la actividad de los diputados y senadores. Pero seguimiento al fin.
Hoy, los medios están invadidos de información que compete a los otros dos poderes del Estado: declaraciones de la Presidente, ministros, secretarios (Poder Ejecutivo) o casos policiales de diversa índole y truculencia (Poder Judicial). Más aún, todavía se publican en los clasificados de algunos diarios sentencias judiciales. ¿Por qué la información parlamentaria no trasciende?
Se suele argumentar que a la sociedad no le interesa lo que pasa en el Congreso. Pues debería interesarle: hay cosas que deben ser publicadas más allá de mediciones de audiencia o readership porque hacen al funcionamiento mismo del sistema. Si la democracia, en un sentido lato, implica la elección de representantes a través del voto popular, ¿con qué herramientas los elegirá el pueblo si no conoce ni sus ideas ni sus proyectos, sino slogans publicitarios? Sin información precisa no puede funcionar una democracia que se precie de tal, ni mucho menos una república. Así los argentinos seguiremos padeciendo "hiper-presidentes" que se devoran a las demás instituciones creadas por la Constitución.
Por supuesto que la culpa no la tienen sólo los medios: a los políticos tampoco les conviene que el pueblo sepa de qué se trata. ¿O acaso les conviene a nuestros representantes que el pueblo vea cómo leen el diario, duermen o toman café a expensas del dinero público mientras un colega hace uso de la palabra? ¿O que el pueblo sepa las corruptelas, los "nariguetazos" e incidentes sexuales que se cometen en los despachos? Por supuesto que no: un pueblo desinformado es tierra de cultivo de los grandes males que como sociedad nos aquejan desde hace generaciones.
Lo que no se ve en los medios no existe, dicen los teóricos de la comunicación. El problema está en que, para reflejarse en los medios, primero se debe tener existencia propia; el aire es invisible a los espejos.
sábado, 28 de junio de 2008
Cuestión de cáscaras
Le pone limón a todo, sobre todo a esas bebibas hechas con hierbas de los montes ("yuyos", diría la Presidenta). Cada vez que viene a mi casa, depreda a mi pobre árbol. La planta tendrá unos cincuenta años y da unos frutos redondos, de piel tersa y llenos de jugo. Se queja mi abuelo de que el limonero de la casa de mi tío es avaro: pura cáscara y nada de jugo. El que tiene en su jardín todavía es muy joven como para arrancarle algo.
Mientras toma su aperitivo con jugo de mis limones, ve los noticieros. Y después los canales de noticias. ¿Por qué será que todos los ancianos que conozco tienen esa afición por las noticias? ¿Será para aferrarse un poco más a un mundo que los deja inexorablemente atrás? ¡Quién sabe! Pero él ve los boletines y se queja de los muñecos inflables y de las carpas en la Plaza de los Dos Congresos. "Esa plaza tardó seis meses en construirse para festejar el Centenario", me cuenta, "y ahora estos vándalos rompen el pavimento con esas carpas mientras toman mate y juegan al truco todo el dia"
Un periodista marcó, hace unos días, la diferencia entre la Argentina del Centenario, representada por la carpa del campo, y la del Bicentenario, encarnada por las carpas oficialistas. "Son el mismo perro con distinto collar", dijo mi abuelo. Tiene razón: la plaza hermana a campo y gobierno, que se comporta hoy como los conservadores de ayer. Los conflictos del Centenario siguen sin resolverse en medio de cáscaras vacías, como los limones del árbol de mi tío. Ahí están el toro Alfredito y la pingüina Cristina (sin su grueso maquillaje esta vez), el toro mecánico, las carpas. Todas llenas de aire y plasmas. Pero el cascarón más grande es el Congreso: días de debate lleva el proyecto oficial sin que haya una idea clara de lo que pasa. Años de orfandad tras gobiernos democráticos y dictaduras hermanados por la autocracia y el aire caliente. Parece que con esta administración se convirtió definitivamente en una repetición del Hindenburg: los votos se escapan, el globo se desinfla.
Después de todo, mi abuelo tiene razón: los limones que son pura cáscara no sirven para nada.
jueves, 19 de junio de 2008
Hasta el 28
Gonzalo
sábado, 14 de junio de 2008
Sunset Boulevard
Escena final de "Sunset Boulevard" (1950) (Inglés solamente)
En 1950, se estrenó la película "Sunset Boulevard", de Billy Wilder. En aquella obra maestra del film noir, se contaba la historia de Norma Desmond, una actriz popular de los años del cine mudo que tuvo, al igual que la actriz que le da vida, Gloria Swanson, que retirarse cuando llegó el cine sonoro. Desmond vivió, desde entonces, en el mundo de fantasía que su propia soberbia montó en su mansión plena del exotismo y el lujo de los años '20; mientras, espera que le llegue la oportunidad del regreso a la pantalla grande. Cierto dia, el chimpancé que tenía como mascota muere. Joe Gillis, guionista en serias dificultades económicas, llega a la casa por accidente y Norma lo confunde con el empleado de la funeraria que debía enterrar al mono muerto. Él la reconoce y le dice que había sido una gran actriz. Ella le contesta con una de las frases más memorables de la película: "¡Yo soy grande! ¡Son las películas las que se volvieron pequeñas!" Luego de una enfermiza relación amorosa, Gillis es asesinado de un tiro en la espalda por Norma tras una discusión y ella termina completamente hundida en su mundo de fantasía.
Los argentinos vivimos hoy nuestro Sunset Boulevard. La economía entra en una especie de lento atardecer ("sunset"), que comenzó antes del paro agrario. Una situación enfermiza se desarrolla en las rutas: los transportistas van a la huelga para que el campo vuelva al trabajo. En el medio, se dan situaciones de violencia verbal: desengaños, chicanas, insultos que van y que vienen entre sectores que dependen el uno del otro. Mientras tanto, la sociedad mira este espectáculo con una mezcla de enojo y lástima tal como el director Cecil De Mille habrá sentido cuando se enteró que lo único que el estudio quería de Norma era su automóvil clásico.
¿En dónde están los que tienen el poder? Encerrados en los coquetos salones de la Casa Rosada o de Olivos, con sus carteras europeas, sus diamantes, sus peleas por ver qué funcionaria tiene el mejor push-up (así publicó el diario Perfil en su edición online de hoy). Como Norma, pareciera vivir en un mundo de fantasía, adulada por las cartas de sus admiradores que, en realidad, le mandaba su mayordomo, a la sazón su primer marido.
Pero el conflicto ya ha sido ganado por el Gobierno. Norma es grande, amada por la gente, con su INDEC controlado por el mayordomo, con su cama en forma de góndola veneciana, su teléfono blanco, sus tules y arañas de cristal colgando de una casa cuyo techo se derrumba y que, dia a dia, es devorada por la maleza. Pero a Norma no le importa. Sólo quiere volver a las películas y que las cámaras de los noticieros no paren de rodar frente a ella. Después de todo, los políticos y los actores de cine o televisión se parecen cada vez más.
Joe Gillis y Norma Desmond son dos caras de una misma moneda, como el campo y el Gobierno. El tiro por la espalda que acaba con la vida de Gillis muestra que tanto él como ella son ya incapaces de salir de esa locura en la que están atrapados. Temo que los incidentes de hoy en Gualeguaychú nos acercan a ese tan temido lugar. En definitiva, si Joe Gillis no hubiese necesitado dinero, Norma Desmond sólo habría enterrado un chimpancé en un ataúd de satín blanco.
sábado, 7 de junio de 2008
Dia del Periodista
Gracias a los avances tecnológicos en
En las escuelas y manuales de periodismo se enseña que los profesionales deben buscar la objetividad. Esta meta es cada vez más difícil de lograr: el avance de las comunicaciones ha vuelto todo más visible, por lo que el periodista ya no está tan obligado a ser un preciso instrumento de medición. El público lector espera textos en donde no sólo se presente la narración fiel de los hechos, sino que contenga algo de la subjetividad del narrador o de los actores de la noticia. En otras palabras, busca un texto con el que pueda identificarse más allá de lo racional, que sea capaz de transportarlo y de movilizar su sensibilidad. Ante esta nueva necesidad del público, cambia lo que entendemos por “verdad periodística”. Esta pasa a ser una construcción subjetiva de la realidad porque incluye todo lo que antes se negaba: lo esencialmente humano.
La literatura le provee al periodista las técnicas para mostrar lo que antes se negaba. En su novela “La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera explica que el kistch es la “negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kistch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”[2] En una crónica, hoy se pueden describir los horrores de la guerra o los sentimientos de una madre cuando ve nacer a su hijo porque se los empiezan a reconocer como parte de la naturaleza humana, lo que los hace susceptibles de ser publicados. En las imágenes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 no se ven ni muertos ni heridos, sino edificios derrumbados y gente cubierta de polvo. En la narración “clásica” que hicieron los noticieros, se puede adivinar el horror de tanta destrucción pero, ¿se puede sentir realmente?
El periodismo literario es la herramienta para que el lector (o espectador) sea realmente cómplice, como quería Cortázar. Ese lector abandona su cómodo sillón y piensa y siente con los protagonistas o narradores de la noticia. Padece y participa "de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma"[3] porque ahora puede identificarse con aquello inaceptable que el periodismo clásico no transmitía. (Juan Castro dijo, ironizando sobre Ser Urbano, que "la realidad nosotros ni te la mostramos ni la vivimos, sino que la sufrimos con vos" [4]) El ser humano es, al mismo tiempo, Razón y Emoción: negar alguna de las dos partes sería caer en la desinformación, una de las peores faltas éticas que se pueden cometer en la comunicación. Hoy, en el Dia del Periodista, valdría la pena recordarlo.
[1] Vargas Llosa, Mario en Saad Saad Anuar y De la Hoz Simanca, Jaime, El periodismo literario, www.saladeprensa.org/art289.htm
[2] Kundera, Milan, “La insoportable levedad del ser”, Fábula Tusquets Editores, primera edición argentina (primera reimpresión), abril de 2004, página 254
[3] Cortázar, Julio, “Rayuela”, Punto de Lectura, Madrid, 2001. Las itálicas son del texto original.
[4] Castro, Juan, "Kaos en la Ciudad", Canal 13, jueves 7 de agosto de 2003.
sábado, 31 de mayo de 2008
Sin luz

Sin embargo, el momento de los insultos suele pasar relativamente rápido para dejar lugar al momento del "qué hacer ahora que no hay luz". Y ahí es cuando se abre un abanico de posibilidades que todos los artefactos que la electricidad nos permite usar mantienen en la oscuridad. "Cuando se apaga el televisor, el Hombre se vuelve libre", dijo el escritor José Pablo Feinmann en su programa de filosofía del Canal Encuentro. Lejos de caer en extremismos anti-audiovisuales con los que no coincido, es evidente que la explosión tecnológica que vivimos desde los años '60 y '70 (la tecnología actual se debe, en gran parte, a inventos desarrollados en esos años) ha cambiado nuestra forma de ver el mundo o, por lo menos, de disfrutar el tiempo de ocio.
Algunos pensadores de las teorías críticas, como Habermas, decían que el sistema capitalista avanzó gradualmente sobre el ocio para imponerle la misma dinámica que el horario de la fábrica. Así, pasamos de ver a Mirtha Legrand de 13 a 15 para luego seguir con alguna novela hasta las 18, cuando sintonizamos "Patito Feo" o "Casi Ángeles", depende de qué lado estemos. Los horarios de la pantalla son una representación de la cadena de montaje. Súmese a eso la degradación de los contenidos: si se habla en los medios de algún tema serio, como la tragedia de Cromagnon o el conflicto con el campo, el rating baja estrepitosamente. Así lo confirmó el productor ejecutivo del noticiero vespertino de América en una conferencia sobre rigor periodístico en la UADE la semana pasada. A riesgo de caer en simplificaciones, me atrevo a preguntar qué es lo que importa más hoy: si se está a favor de la postura del Gobierno o de los ruralistas, ó quién debería ser eliminado del reality en boga. Esto no implica dejar de ver la tele, sino de verla críticamente. No todo puede ser "show", ni tampoco todo puede ser "serio" (lo que sea que esas dos palabritas signifiquen).
Visto el panorama que acabo de describir, la falta de luz no es necesariamente mala. Un buen libro, un paseo por alguna exposición de arte o una visita al cine ó teatro no vienen mal para escapar del silbato de fábrica que nos está quitando el ocio que, en definitiva, es el único momento que tiene el Ser Humano para encontrarse consigo mismo y recuperar el equilibrio perdido.